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Su principal fórmula de éxito radica en tener alumnos formados para ser autónomos y responsables, y profesores bien formados que se dedican mucho más a los alumnos más débiles que a los más avanzados. Para ser profesor (carrera muy disputada) hay que tener un magíster. Los recién graduados trabajan bajo observación de los veteranos, que los observan y evalúan. Los profesores reciben mucha libertad para su acción docente y para hacer clases a la medida de los alumnos que les toca atender. Los profesores usan más la tiza, la pizarra convencional y retroproyectores que las pizarras electrónicas y las proyecciones en power point. Se valora más la buena enseñanza que el uso de la tecnología. Apelan poco a las pruebas de elección múltiple para marcar y más bien utilizan preguntas de desarrollo.
El costo anual por alumno es de 7,500 dólares, contra los 8,700 de EEUU, pero con un financiamiento homogéneo a diferencia de EEUU, donde éste depende de cada distrito escolar. Eso hace que la diferencia en el desempeño de los mejores y peores alumnos en Finlandia sea muy pequeña, mientras que en EEUU es grande.
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En los últimos tres grados de secundaria, según sus notas, el 53% de los alumnos siguen hacia la secundaria académica (preuniversitaria) y el 47% hacia las escuelas vocacionales. Los padres no están demasiado ansiosos por la universidad a la que asistirán sus hijos. La universidad es gratuita y hay competencia por ingresar a las facultades más reconocidas, pero no llega a los niveles de segmentación de la élite como lo hace Harvard. En suma, un sistema educativo del que hay mucho por aprender.
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