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La más grande transformación de la educación superior es la masificación. Una tendencia que se produce a escala mundial y también en nuestra región. El siglo XX ha sido la centuria de la educación superior asociada a sociedades que cada vez más se basan en el uso intensivo de la materia gris, y remuneraciones salariales que premian el capital humano. Es el único camino hacia la solidez del conocimiento.
Para acomodarse a estas verdaderas revoluciones sociales las instituciones han promovido una multiplicidad de formas, pero muchas de ellas han reproducido una realidad dual, educación para castas y educación para elites. Educación cara de calidad y educación barata de baja calidad. La masificación se ha expresado en dos circuitos diferenciados de calidad. Ello ha estado disfrazado en cada país de la región en forma diferenciada: entre universidades públicas o privadas, con o sin fines de lucro, religiosas y seglares, universitarias o terciarias, a distancia o presenciales.
Sin duda, los exámenes de ingreso y las matrículas caras han sido los mecanismos que han propendido en toda la región a detener la masificación al interior de las instituciones para preservar sus niveles de calidad. Sin embargo al exterior de esas fortalezas de elite, las políticas públicas han favorecido la creación de una multiplicidad de nuevas instituciones pero sin los mismos niveles de recursos económicos y de libertad de investigación y por ende no han logrado construir los espacios de aprendizaje de calidad que reclaman las personas y una sana vida democrática de igualdad de oportunidades para todos.
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Hoy hay nuevos reclamos de acceso que provienen de sectores tradicionalmente excluidos de la educación de calidad y que plantean nuevas demandas que complejizan aún más los problemas de la masificación. La región tiene 50 millones de indígenas. Tantos como personas con discapacidades. Para ambos casos, los problemas de accesibilidad a la educación superior requieren políticas preactivas de compensación ya que no pueden ingresar sólo por sus propios esfuerzos. No es inclusive un tema de acceso meramente.: la tasa de deserción de los estudiantes indígenas alcanza al 80%. Casi la misma que la de las personas con discapacidad, y muy superiores a las tasas medias del 40%. En estos sectores, como también los negros en muchos países, el problema sin embargo no es sólo el acceso, sino la permanencia y el egreso, ya que las instituciones los expulsan en su dinámica cotidiana.
Hasta aquí hemos logrado expandir la cobertura con una educación poco flexible, monocultural, generalista, con las mismas carreras y metodologías y con crecientes brechas de calidad. En los nuevos contextos para realmente permitir el acceso de todos a una educación superior de calidad para todos se necesita profundizar los sistemas de aseguramiento de la calidad, una educación individualizada y diferenciada abierta a las diversidades y al mundo. Por encima de todo, la masificación deberá tener calidad, lo cual implica los mismos recursos que los tienen las instituciones de calidad. Sin eso, la masificación de la educación no se traducirá en una deselitización de la educación superior. Y como los recursos son finitos, ¿no será tiempo de pensar si los que tienen recursos no deberían aportar a la educación?
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